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Un paseo por Cuenca.

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Agua y piedra confrontaron durante milenios para construir la más formidable atalaya surgida en el territorio que habría de ser ibérico. Le bastaron a la Naturaleza dos ríos para trazar sus contornos, abrazarla, ahondar sus hoces y nutrir de verde su horizonte más próximo. Después llegó el hombre. Desde los primitivos hasta los árabes se afanaron en convertirla en hogar y fortaleza, escenario siempre de la ancestral aspiración de convertir en propia la tierra de todos. Y finalmente fue musulmana. Se llamó Kunka. El castillo que coronó su cima no agregó más que piedras sobre piedra, que la ciudad naciente se sabía suficiente en su propia defensa, aliada con las inexpugnables hoces de sus límites.

Supo de tal singular condición Alfonso VIII en 1177 cuando pretendió ocuparla, sumarla al reino de Castilla y convertirla al cristianismo; tras un sitio de nueve meses, fue el hambre de sus moradores y no las murallas quien le abrió paso. Lo hizo al frente de sus huestes por la que después se llamaría Puerta de San Juan, que toda Cuenca
–definitivamente castellana– se pobló de nuevos significados religiosos. Así la mezquita se transformó en Catedral, el románico se trocó en gótico y se alzaron iglesias y conventos para mayor gloria del Dios cristiano.

Y sin duda con su complicidad, sus habitantes emprendieron la tarea de domesticar el risco y las alturas, para terminar configurando la insólita arquitectura de sus casas colgadas en el abismo. La antigua ciudad trascendía su natural frontera haciendo del aire su paisaje, para luego, descendiendo, cruzar el Huécar y extenderse hacia la planicie manchega.

El Casco Antiguo de Cuenca y sus seculares barrios aledaños permanecen con idéntica fisonomía a la que en aquella época adquirieran. Muchos de sus más nobles edificios mantienen hoy la condición que les dio origen: conventos en los que aún impera el silencioso rezo de sus monjas de clausura, templos en los que se renueva a diario la fe de los creyentes, casonas blasonadas en las que se mantiene viva la memoria, el Ayuntamiento soportado en arcos que se abren para acceder a la Plaza Mayor.

Otros, se han aplicado a preservar su incomparable patrimonio histórico y artístico: son, entre muchos otros, el Archivo Provincial –antes cárcel y sede del Santo Oficio–; los museos Diocesano, contiguo al Palacio Arzobispal, el de Arte Abstracto –en la más bella de las “casas colgadas”– y la Fundación Antonio Pérez, en el que fuera Convento de las Carmelitas. Todos ellos merecen por sí solos la mirada atenta y sensible del viajero; en escasos lugares del mundo hallará reunidos y a su vista tal cantidad de testimonios de la creatividad humana de tan alto valor.

Recorrer sus estrechas y empinadas calles, reconocer sus recoletos rincones, apagar la sed en sus fuentes, compartir la mágica atmósfera de sus plazas con sus habituales ocupantes –cordiales siempre– y desandar las cuestas para encontrar la nueva ciudad que crece pujante y abierta hacia el futuro, habrá de ser una experiencia para el visitante que le obligará al regreso.

Habrá dejado amigos, eso es seguro, que serán felices con el reencuentro. Lo más probable es que lo celebren invitándole a degustar las delicias gastronómicas de la tierra –morteruelo, ajoarriero, zarajos, alajú– y brindar con excelente vino manchego. Que así sea.



texto: Cuenca, ciudades patrimonio de la humanidad de España

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Una respuesta

  1. A ver si para la proxima, no estoy en el hospital y puedo ir, veo que erais un buen grupo.

    abril 13, 2010 en 7:45 pm

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